ESLOVENIA

Si preguntamos en donde queda este país, no demasiada gente sabría contestar con exactitud. En las costuras de sus potentes vecinos austriacos e Italianos, se esconde con discreción y medio dormido, protegido por altas cumbres, Eslovenia, cuyo tamaño no supera a la provincia de Cáceres. Perdido entre la nada, en este Sangri-la alpino o reino del nunca jamás, todo es coquetamente chiquito. Nada mas entrar en los diminutos aviones CRJ de la compañía de bandera Adria, nos damos cuenta que acabamos de penetrar en un país de juguete. Realmente lo pequeño no tiene que ser algo malo, sino en este caso la connotación es algo positivo. País en donde nunca pasa nada, y donde el stress es inexistente.

 Después de una corta guerra relámpago de 20 días, consigue su independencia alentado por Alemania y Austria, que veían con placer aumentar su zona de influencia. Pero incluso las guerras en este pequeño país, son de opereta e incruentas. Un diminuto microbús, nos conduce a la pequeña capital Ljubljana con solo 280.000 habitantes. La noche ofrecía imagines contradictorias de la ciudad. El cutre y desgastado Hotel Turist, con innegable influencia de país comunista “años setenta”, no ayudaba a calmar mi humor después de un larguísimo viaje, incrementado por las conexiones de los que somos “de provincias”.
Las primeras luces de la mañana, nos ofreció al pequeño grupo de nueve personas, y por la diligencia del guia Sebastian, un esloveno-argentino, una jornada algo más interesante.

El primer día, nos deparaba la sorpresa mas agradable y espectacular del viaje. El Lago de Bled, y su isla de fantasía, que hacían del entorno algo salido de un cuento de hadas. No es inusual que la primera impresión, que reciben nuestros ojos, es que nos hallemos en Austria; no en vano ha constituido una región del imperio Austro-húngaro durante cientos de años. Así, la placidez se repite a lo largo del  paisaje Esloveno. Es como si nos hallásemos en el Tirol, o la Baviera. Altas; cumbres, un manto tupido de pinos alpinos, y casas típicas de madera con fachadas plagadas de flores, todo en un excesivo y lavado orden centroeuropeo. 

Nuestro primer contacto con el país, fueron las encajonadas paredes del Cañon de Vitgar, por el que discurre un violento e indómito río, por cuyas orillas tuvimos que caminar por pasarelas de madera, con el incesante ruido de las aguas al bajar por el cañón. Se dice que el agua es relajante aunque en este caso, la intensidad es tal, que puede resultar enervante. Contemplar el Lago de Bled, produce un sosiego casi irreal. Sobre todo si se hace desde la atalaya que representa un castillo local, allá en lo alto, que como buen guardián y en la cumbre de una escarpada roca, nos ofrece una vista inolvidable. No es difícil evocar el lago de los cisnes, y un mundo perfecto. Rodeado de altas montañas, se encuentra encajonado este lago de aguas placidas, profundas y que atesoran trágicas historias de héroes ahogados. Es indispensable, subirse a una Pletna, bote tradicional y deslizarse por las verdosas aguas mientras uno se emborracha de las altas montañas. En el medio del lago de Bled una solitaria isla, en donde tañe en forma de lamento, una pausada campana rompiendo la paz del lugar, y los sonidos del agua del barquero cuando remaba.

 

Seguimos el tour, por derroteros muy ecologistas y naturales hacia el vecino Lago Bohinij, el más grande del país, y encajonado también por altas montañas. El sol, en este lugar, hace brillar de forma especial las aguas, cuyas orillas están plagadas de decenas de veraneantes aprovechando las delicias que ofrecen tanto el calor, como el verdor y la placidez de las aguas, con un aspecto diáfano.

Al día siguiente, teníamos una cita con la pequeña capital de Eslovenia. Con un endemoniado nombre, Ljubljana abría sus brazos al grupo con los primeros rayos de sol. Tampoco podríamos esperar más de la urbe, que una pequeña ciudad de provincias de lo que fue el imperio austro-húngaro. Es del todo normal establecer una sospechosa similitud con Salzburgo. Castillo a lo alto, pequeña iglesia con campanarios tiroleses, y un cuidado pero chiquito casco histórico a los márgenes del turbio rio, en donde se reflejan, no solo los abundantes árboles sino las recolectas fachadas de las casonas dieciochescas que miran al río. 

Como comenzábamos a estar empalagados de tanta estética bucólica, y edulcorada de imagen de chocolate suizo, con sus casitas de madera con flores, cumbres impolutamente blancas, tocaba irse a la costa y empaparse del segundo país que mas ha influido en Eslovenia, que es Italia; aunque los Eslovenos, orgullosos hasta la extenuación muestren recelos de sus  vecinos por haber sido desposeídos de ciudad de Trieste tras la segunda gran guerra. Aunque viendo las profundas similitudes de la costa eslovena, hay que preguntarse quien es antes “el huevo o la gallina”, y de si seria mas apropiado pensar por el contrario si Eslovenia, no tendría que ser italiana. Me imagino la contestación de este pueblo: “Hubo un tiempo en que el imperio austro-húngaro era territorio esloveno“. No es chulería, sino un recurso de supervivencia de defender la pequeñez del propio país.HACIA LA COSTA

    Pero antes de respirar aires mediterráneos, debíamos cruzar el parque nacional más importante del país, que resulto inquietantemente opresivo, por lo desmedido de sus proporciones. Cierto es que las dosis de belleza, deben ser comedidas. Por eso cruzar el Parque Nacional del Vrsic resulta una experiencia contradictoria. Curvas, desfiladeros, altas cumbres, naturaleza desatada, aire puro puede ser ideal para las cabras de Heidi, pero no para mentes acostumbradas a entornos más urbanitas. Hay determinados instantes, en los que es necesario cerrar los ojos para que las montañas no te devoren. El pueblo de Kobarid, lugar teñido de sangre por las batallas de la primera gran guerra, supone una transición y salida a las montañas. El ambiente cambia de forma radical, se huele la salitre del Mediterráneo, y los escenarios se hacen netamente italianos. Cipreses, limoneros, vides, casas multicolores y campanarios como si en la Toscana nos encontrásemos, y sobre todo suaves colinas. 



Después de una parada en el Museo de la Primera Guerra Mundial en donde se glosaba con aires épicos, las miserias de la guerra en una proyección, y que vino muy bien para saciar la modorra del viaje, llegamos a Sezana; pueblachón fronterizo con la italiana de Triestre y con escaso interés. Este día, nos ofrecía un contacto con los escasos 45 kilómetros que abarca el litoral esloveno. El epicentro de la escarpada costa era la joya veneciana de
Piran. Como en otros puntos del Adriático, el mar es inusualmente azul y el cielo claro. Entrar en Piran es una sorpresa estética, y sobre todo vida latina, “dolce farniente” y frescura. Agazapado en una pequeña península, las casitas del casco histórico se apilan en un maremagnum artístico. Es como si un trozo de Venecia se hubiese desprendido y hubiese vagado por el mar hasta llegar a este emplazamiento.   

 

Como toda ciudad marinera que se precie, la bahía entra hasta la plaza central, en donde se amontonaban yates y algún que otro barco de pesca. Algo decrepita, con alguna que otra cicatriz muy mal disimulada, las callejuelas, sus palacios, iglesias, nos recuerdan tiempos mejores; incluso desde la iglesia que domina lo alto, puede verse vestigios de antiguas murallas.

En una costa tan menguante, es sumamente complicado, las excentricidades constructivas y todo tiene que aprovecharse al máximo. El paseo marítimo, cumple con las funciones de playa, y sobre el cemento se apilan toallas y  eslovenos ávidos de sol. A pocos metros, terrazas de restaurantes de pescado y otras manifestaciones humanas. Otras poblaciones de la costa, aportan también su grado de pintoresquismo como Isola, que brilla desde lo alto de la autopista, Portorez, especie de Benidorm esloveno y Koper que es el principal puerto industrial del mini litoral del país. Todo en pequeño y muy bien situado. Incluso las principales salinas del país, se hayan “a un pie aquí y otro alla”, de la frontera de la odiada Croacia.

 

La ultima parte del viaje, suponía otro cambio de escenario y acudir a la parte más oriental del país, cruzando paisajes también verdes, más serenos; y una combinación entre Irlanda y Galicia con toques netamente Húngaros. Nuestra meta, la segunda ciudad del país; Maribor. Pero la ruta también dio lugar a paradas sorprendentes. En primer lugar, y dejando a un lado, una exhibición equina de escaso interés, fue la visita a las cuevas de Postojna.  Después tocaba montarse en un tren subterráneo, con aspecto semi-minero, y recorrer dos gélidos kilómetros, tratando de no perder la cabeza; esto debe ser tomado de forma literal ya que los techos amenazaban nuestra integridad al pasar los vagones por debajo del capricho de estalactitas y estalagmitas. 

 

Que se puede decir del entorno?: lo usual;  formas caprichosas como las puntillas, caminatas por pasos y desfiladeros, y contacto tectónico por las entretelas de la madre tierra. Tampoco fue lo más interesante del mundo, sino algo didáctico y sobre todo una forma efectiva de tenernos entretenidos. A continuación, y lo que si supuso una agradable sorpresa, fuera de programa, fue el Castillo de Predjama. La fortaleza más pintoresca que he visto en mi vida, y con una historia algo escatológica. Si la muerte es algo tabú por si sola, más lo es si esta te sobreviene de un catapultazo mientras que estas en plena “acción” escatológica, como le paso en sus tiempos al rey del lugar. 

Una nota más, la visita a la Iglesia de la Santisima Trinidad en el pueblo de Hrastovlje; un delicioso templo del siglo XII, cuyo principal atractivo, no son sus frescos medievales y su famosa “Danza de la Muerte” con sus esqueletos danzantes, representando el transito a la otra vida, ni su tierna anciana haciendo el papel de cicerone local, sino la localización en medio de un colina. Poco interés tuvo una parada extra, en la que nuestro diminuto grupo, saltó en tropel sobre un puesto de bollos locales en la ruta, y los que supuestamente son producto autóctono. El ultimo hotel de nuestro recorrido, de estilo montañés, fue en Pohorje; estación de montaña a las afueras de la segunda ciudad del país.

 


 Maribor de unos 150.000 habitantes. No es que la ciudad conserve grandes atractivos, ni que resulte absolutamente monumental. Mas al contrario, el aire provinciano y de pueblo lo invade todo. Sin embargo, posee lugares francamente coquetos, zonas monumentales y tranquilos, y sobre todo decenas de plazas con edificios de principio de siglo, todo ello embutido en zonas verdes que lo invaden todo y que hacen de Maribor una ciudad ecológicamente sostenible.  Desde ahí pudimos hacer alguna que otra excursión de interés como la ciudad monumental de Ptuj, que se mira de forma orgullosa en las pacificas aguas del río Sava. Ptuj cumple con todos los cánones de toda ciudad antigua centroeuropea. Castillo en lo alto, ambiente melancólico, callejuelas y sobre todo el aire cautivador que posee nuestra vieja Europa. Además la zona se caracteriza por estar plagada de suaves colinas, preñadas de vides y ricas en vino. Eslovenia en si, es un destino humilde y pausado. 

 

Quizás no entra por los ojos, ya que a todas luces fue siempre una provincia secundaria de los poderosos países vecinos, y lo asume con toda humildad. Por eso, una de las claves para disfrutar el país, es no establecer comparaciones. Eslovenia es un compendio de paz y serenidad, un país pequeño y con todas las cosas a su escala y tamaño.

Perdido en medio de Europa, en donde todavía la vida se contempla de forma pausada, sin prisas, sin nervios ni stress. Es el lugar perfecto para deportes de montaña, curas de reposo, y simplemente para perderse en un lugar todavía medio virgen y en construcción. Sobre todo, es un lugar inesperado, del que pocas referencias se tienen antes de salir de casa. Con sus innumerables cumbres, verdor, y tonalidades paisajísticas, recursos monumentales sea una cura perfecta para nuestra ajetreada vida.

Comentarios

0 comentarios sobre “ESLOVENIA

  • el 4 marzo, 2011 a las 22:01
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    A nosotros os encantó este pequeño país. Volveremos…sobre todo porque nos quedó por visitar el norte del país y el lago Bled. Por el tema del Bombardier veo que fue un viajecito ajetreado de cambios…para que luego te quejes de Santander

    Respuesta

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