YALTA: La perla del Mar Negro

El atraque en YALTA, en el Mar Negro, fue de lo más suave. Nada de las temidas vibraciones de las hélices. La primera impresión, fue: “¿cielos hemos penetrado en un túnel del tiempo?”. Agazapado entre montañas, Yalta es una especie de enorme jardín desde donde despuntan iglesias ortodoxas, edificios destartalados, y el puerto directamente es un lado de la plaza central de la ciudad. Una turba de curiosos, hacían fotos al recién llegado, al tiempo que una banda de música, nos daban la bienvenida a un antiguo paraíso soviético, que pugnaba por hacerse un hueco en el mundo de los cruceros.

Era una época de ingenuidad, y no había no barreras ni controles, y todo el pueblo se acercaba a ver como los recién llegados invadían la ciudad.

Yalta, antiguo lugar balneario para los gerifaltes soviéticos, por la benignidad de su clima, había conocido tiempos mejores. Todavía presentaba una pintoresca apariencia de años sesenta en autobuses, personas, tiendas y los escasos restaurantes que circundaban el puerto.

Más allá, los guías mostraban de forma orgullosa los primeros Lidl o Carrefour muy cercados a tímidas urbanizaciones. Se imponía la visita a los palacios de la península de Yalta, por una serpenteante carretera entre plantaciones de naranjos, vides, por la costa. La niebla se había disipado y el sol comenzaba a apretar.

Hay decenas de mansiones que conocieron tiempos mejores en el camino. Fué construido por la familia Potocki, y luego residencia de los zares como Nicolás II desde 1860.

El Palacio en blanco impoluto, fue la respuesta rusa, a hacer del lugar un palacio real de veraneo»digno», que pudiese rivalizar con el de otras casas reales de Europa. Aunque de estilo claramente renancentista, tiene reminiscencias árabes, bizantinas, florentinas, etc. Fue sede de la conferencia de Yalta, y plagado de memorabilia de varias épocas.

Si Livadia dispone de unos hermosos jardines, y vistas excepcionales al Mar Negro, no lo es menos Vorontsov. Construído para ser el más opulento de todos en 1828, sigue las pautas del estilo Tudor gracias las directrices de su arquitecto escocés. Sin embargo, es tan ecléctico, que parece un mundo de fantasía oriental, una especie de capricho.

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Si cerramos los ojos, y nos imaginamos una historia de Edgar Allan Poe, Vorontsov tendría que ser el escenario elegido propicio. Esquinas góticas, torres, altos techos, inmensos salones. Suelos que crujen, un invernadero, en donde nos parece ver caras del pasado, y en ocasiones podemos escuchar voces que resuenan en el gran comedor.

Y para finalizar la parada en el famosísimo Nido de las Golondrinas, que encaramado en un inestable equilibrio sobre un peñasco, es el icono de Yalta, y una especie de castillo fantasma. Más que fantasma, una especie tarta de bodas, elegido como el icono universal de Yalta.

Resistió terremotos, y el paso del tiempo desde que fue construído para un general ruso, en 1912 por el arquitecto Leonid Sherwood. Sin embargo, no consiguió que hoy en día sea uno de los restaurantes más lujosos del Mar Negro, y la costa dorada ucraniana.

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