Viajando a Rusia en invierno.

Hay países nacidos para el invierno. En mi mente imaginaba una y otra vez, Rusia mecida por el padre invierno, acariciado por brumas, nieve, y la vida bajo su elemento más natural. También flotaba en mi subconsciente el parque del Monasterio de Novodevitchiy en Moscú en donde Chaikovski se inspiró para escribir el Lago de los Cisnes. La nueva Rusia despuntaba, y quería ser participe de su encuentro a veces traumático con el libre mercado.

Febrero eran fechas de 21 bajo cero, y tras rellenar la maleta con decenas de prendas invernales, aproveché la ocasión para usar el vuelo inaugural de Iberia hacia Moscú con su recién incorporado A319. La verdad es con una cierta frustración, fuimos desembarcados del novísimo avión que aun olía a plástico, por problemas con técnicas no especificados. Tras dos horas de espera, nos confirman que habían encontrado otro avión. Otra hora adicional, nos indican que también había otro problema en el nuevo avión: ley de Murphy en toda su vigencia. Despegue, y nos comunican una nueva efeméride.

El A320, no tenía autonomía y tendríamos que hacer una inesperada escala en Barcelona para repostar. Tras casi cinco horas, dormitando, nos preparamos para el aterrizaje. Sin embargo, la noche de ventisca, y nevada nos deparaba una nueva sorpresa. Por fuertes nevadas, y baja visibilidad intentaríamos aterrizar, y en todo caso procederíamos a Helsinki ya que San Petersburgo también estaba cerrado.

Tras un intento frustrado, entramos en medio de montañas de nieve, en un aeropuerto medio iluminado, y con decenas de aviones exóticos, con muy mal aspecto, de decenas de aerolíneas surgidas del desmembramiento de Aeroflot. O también llamada en el sector “aeroplof”.

El entorno de mi hotel al amanecer

Guantes, bufanda, plumífero, forro polar, botas de acampada, gorro térmico. Una enorme bofetada sacude mis piernas al salir: “cielos me había olvidado de cubrir las extremidades inferiores”. Algo con solución con unos buenos gayumbos en la tienda del hotel Izmailoski Park, muy lejos del centro, y durante mucho tiempo el mayor hotel de la capital. Por lo menos la calefacción era fuerte, en una habitación anodina, pero equiparable a un buen hotel de tres estrellas en España.

La mañana me permitió descubrir el entorno. Uno de esos hoteles colosos soviéticos, que en la época comunista se construían para sacar pecho ante occidente en los eventos deportivos, y que con cierto regusto ochentero era un faraónico mar de tiendas, piscinas, boleras, friki clubs, restaurantes vacíos, y sobre todo cientos de habitaciones vacías, largos pasillos, y empleados con el carácter ajado. A pesar de la nevada, las previsiones daban horas de sol entre nevadas ocasionales.

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