Plaza Roja: Un despliegue visual

Salimos del metro a la Plaza Roja un contenemos el aliento, no solo tiritando de frío, sino por su grandeza. Roja como sinónimo de hermosa, es un gigantesco escenario para glosar, la magnificencia de la URSS. En su día se realizaban desfiles militares, discursos amenazantes a occidente, nido de espías, escenario de intrigas y películas, hasta pista de aterrizaje de avionetas. Hoy es un escaparate de turistas y locales.

No molaba la momia de Lenin sino los inmensos “Almacenes Gum”, que están enfrente del Kremlin, y que en vez de paraíso de consumo comunista, es todo un ejemplo de tiendas de “de elite”. Rusia se estaba despojando de todo lo que oliese a colectivismo, y el lujo consumista estaba devorando todo. Pero las escenas más hermosas de la plaza son sin duda la Catedral de San Basilio del siglo XVI, que es el icono turístico de la ciudad por excelencia, con sus cúpulas multicolores como si hubieran sido traídos del reino de Nunca Jamás. Pura fantasía. Tanto que el Zar arrancó los ojos de sus arquitectos para que jamás pudieran copiar tan magna obra. El despliegue monumental se sinceramente apabullante.

El Kremlin, suena a poder. De ser el origen de la ciudad, residencia real, ha pasado a ser un enorme complejo amurallado en donde encontramos cuatro palacios, cuatro catedrales, arsenales, sedes gubernamentales, palacio del senado, y que conviene visitar con sumo interés para comprender la idiosincrasia moscovita de enorme pueblo grande que se articula en torno a esta enorme ciudadela de murallas rojas en donde están enterrados Stalin, Lenin, o Yuri Gagarin. Desde los puentes del río Moscova se puede percibir como un enorme palacio de cuento de navidad. Y como no dos anécdotas.

Y unos policías muy inquietantes. 

Evitar los trilleros, que harán todo lo posible para estafarte, y los policías no son amorosos ositos Misha, que asumen que debe estar ahí cual encantadores Bobbies, para que los turistas le hagan fotos, o se burlen de ellos. Son ariscos, y revisan las cámaras, ante la sospecha de que se les hace una foto.

Por suerte, y a pesar de preguntarme si les había hecho una foto con cara de pocos amigos, no se les ocurrió revisar mi cámara.

Habría dormido en una fría cárcel moscovita, y tal vez aguantado un interrogatorio con un foco de luz potente ante mi cara.

 

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